El teatro es tan infinitamente fascinante,

porque es muy accidental, tanto como la vida. Decía Arthur Miller.

Tanto como la vida. Durante el proceso de creación los actores y los directores se enfrentan una y otra vez al vacío. No sólo ellos, sobre cualquier dramaturgo o escritor, pintor o alquimista del arte se cierne el constante vacío de no saber a que se está encarando. Flores de España es nuestro sexto montaje, y quizás el montaje que más se pueda parecer a la creación colectiva. Nuestras armas están basadas en la experiencia y cada uno de nosotros aportamos nuestros granito de vida para la creación y entendimiento de la obra. Pero llega un momento en que dejamos de ser objetivos. Dejamos escapar lo que sabemos y por donde creemos que va la obra, y es la obra la que se realiza a si misma. El texto se modifica, las acciones se crean ellas solas, los actores se cuestionan la veracidad y el director solo puede callarse a observar. Por que es entonces cuando empieza a haber creación.

Somos como las marionetas de algo que nos maneja desde arriba. Al indagar en estas vidas, en las vidas de los asesinados durante la guerra civil, o en dos personas cuya vida fue sesgada por la «política» de bebés robados o en la historia de Enrique Ruano todo lo que creíamos va mucho más allá de nuestra necesidad de hacer teatro. Todo es accidental. Como la vida. En cada descubrimiento hay una anagnórisis tanto de los actores como de los personajes. Y es en esta anagnórisis cuando nos enfrentamos de verás al vacío.

En menos de dos semanas estrenamos, y creemos que hemos dado con el quid. Pero entonces la obra es la que hablará por si misma.